Cada país tiene su encanto, cada ciudad su identidad, cada capital su
personalidad. Lisboa, una ciudad cuya
identidad y personalidad hacen que el visitante se sienta encantado, embrujado,
hipnotizado no solo por su belleza sino también por las historias que en ella se
crean.
Lisboa es una metrópolis que tienen muchos otros
mundos en su interior que hacen alusión a otras ciudades. Es una capital que no
lo parece a pesar de su multiculturalidad.
Un tranvía amarillo atraviesa la ciudad, largos cables
eléctricos se conectan por los aires transportando a los visitantes. Lisboa,
con su tranvía, se parece a la ciudad de San Francisco. El de Lisboa no es rojo
y en él no se habla inglés sino portugués. Las grandes colinas de ambas
ciudades son recorridas por este antiguo medio de transporte.
El tranvía 28 de Lisboa es diferente, es
especial, recorre los puntos más
importantes de la ciudad, los lugares favoritos del célebre escritor Fernando
Pessoa, pasa por numerosos miradores desde donde se puede ver toda Lisboa.
Es como estar en frente de una gran ventana sin
horizontes, Los ojos no saben dónde detenerse a mirar, intentan cubrir cada
espacio mientras los tejados de las
casas se van alzando entre las colinas y las plazas principales se van haciendo
visibles a lo lejos a medida que el visitante se va ubicando y va recorriendo
la ciudad con su mirada.
A la izquierda se ve en Castillo San Jorge una
fortaleza en excelente estado de
conservación que fue en su momento palacio real, al frente se ve el extenso mar
y el famoso puente rojo, llamado 25 de
abril, muy parecido al puente de la ciudad de San Francisco. En la colina cerca al puente se puede ver el
Cristo con sus manos extendidas similar al Cristo Corcovado símbolo de la
ciudad de Rio de Janeiro. Detrás del paisaje está la torre de Belén y el
monasterio de los Jerónimos.
El ascensor de Santa Justa se ve también desde el mirador,
es una muestra arquitectónica de uno de los ingenieros que trabajó con Gustav
Eiffel. Lisboa también tiene un toque de Paris en pleno centro de la ciudad,
los 45 metros de altura del ascensor transportan al visitante a la “belle
epoque de Paris”.
Además de ser una ciudad con un sin fin de variedad
arquitectónica, se caracteriza por su gusto gastronómico. Cada sabor tiene su
razón de ser. Visitarla de este modo es una de las mejores maneras para conocer
su esencia y despertar los placeres en el paladar.
La mejor compañía para recorrer las calles de Alfama
es una buena copa de vino verde, un vino ligero
con gas muy similar al vino blanco, famoso no debido a su color, que no
es verde como su nombre lo indica, sino
debido a la región en donde crece la uva, la región verde de Portugal.
Alfama es el
barrio más antiguo, típico y peculiar de Lisboa, sus habitantes se saludan como
si estuvieran en una aldea, como en un
pueblo dentro de una metrópoli. No se oye el ruido de los carros ni se respira
el aire contaminado, solo se oye el saludo entre vecinos y en las noches se
respira el verdadero secreto de Alfama:
sus noches de Fado.
Una guitarra portuguesa basta para hacer
poesía, el Fado es el canto popular urbano de Portugal, es la expresión de los
momentos difíciles de la vida y las historias del día a día a través de la música.
Descendiendo la colina y desplazándose hacia otro
famoso barrio de la ciudad, una larga fila
en la Plaza Rossio llama la atención: “Ginjinha la Espinheira”, se lee
en una esquina. Desde 1840 se produce y se vende allí otra de las bebidas
típicas de Portugal: un aguardiente
hecho a base de cerezas fermentadas. Decenas de copas de Ginjinha color rojo
cereza se sirven día a día en el mismo
lugar donde se hizo famosa la bebida, siendo en aquel entonces lo más barato
que se podía encontrar para tomar.
El postre está cada vez más cerca, cruzando el puente,
justo en frente del monasterio de los Jerónimos, los pasteles de Belén, dejan siempre sin aliento
a quien los pruebe. La canela encima de la recién hecha pasta de hojaldre con
nata son el secreto mejor guardado del país, en todas las pastelerías se
encuentra el pastel de natas, pero ninguno es como el pastel de Belén.
Los pasteles son un paso obligado para cualquier
viajero o turista que visite Lisboa, incluso para los propios portugueses. Tener
el placer de degustar un pastel de nata de Belén es un privilegio único por el
cual vale la pena atravesar la ciudad.
Lisboa, con sus vistas, sus cantos y sabores encanta
al visitante y lo hace partir con una sensación que no toda ciudad es capaz de
generar: el deseo de querer regresar para seguir descubriendo sus calles y
rincones mientras se van probando nuevos sabores.