martes, 20 de noviembre de 2012

raices propias

Echar raíces. Solo saben echarlas quienes las tienen por naturaleza, como los arboles.
Los hombres también echan raíces, aunque hay algunos como el viajero que no saben echarlas, porque creen no tenerlas, o quieren no tener que creer que hay que echar raíces  tarde o temprano.
En el fondo el  viajero sabe que llegará un momento en que habrá que hacerlo,  por ahora prefiere no pensar en ello, ya  tocará, más vale tarde que nunca.
Viajero es así, libre como el viento que mueve las hojas de los arboles, viaja sin raíces, se mueve sin ramas que alimentar.
Aun sin ramas, viajero se expande, se alarga, se desplaza, no tiene punto de partida ni de llegada, no tiene llaves de casa porque no tiene una, no tiene armario porque lo lleva consigo, cargado en hombros.
El sol brilla y lo ilumina igual esté donde esté, bien sea reflejado en un rio o a través de un ventanal,  aun cuando llueve siempre hay un nuevo amanecer.
Echar raíces se repite así mismo el  viajero, a lo mejor llegará un día en que encontraré un lugar en que mis  sueños y mi realidad se hagan uno mismo,   dice pensando en voz alta. Sabe muy dentro de si, que no puede escapar de sí mismo yendo de aquí para allá, su compañía no lo abandonará jamás, sus raíces son su propia identidad.

la prisa mata

La llaman prisa, también conocida como afán.
Es escurridiza y fugaz, vive la vida a mordiscos sin saborear los grandes trozos. Se le asocia siempre con el verbo correr conjugado en todos los tiempos: pasado, presente y futuro. Tiempo, eso es lo que le falta a prisa, tiempo.
Lo tiene pero no lo encuentra o simplemente le hace falta tener más. Los segundos del reloj aunque se acumulen y creen minutos y horas parecen no serle nunca suficientes.  Vive siempre "cogida del tiempo”, de aquí para allá como péndulo  que no encuentra el equilibrio, como un colibrí siempre de flor en flor.
Tiene afán, porque vive deprisa, afán de vivir al limite, de cumplir con sus responsabilidades , de responder a los deberes, de cuidar su imagen y dar siempre algo de que hablar a los demás, un algo que merezca la pena. Ese afán no es más que una necesidad que no ha sido aún saciada, es la constante impresión  que tiene de que la vida va pasando  pero no logra sacar nada claro de ella, nada permanente.
Así vive prisa,  tan deprisa que siente que no la esta viviendo en realidad, va  como escapando de la tranquilidad pero anhelando la calma, pisando a fondo el acelerador pero queriendo en realidad bajar de revoluciones y no vivir con prisa, no tan deprisa, sin prisa, porque la prisa mata.

Un siglo de viaje



“El viajero del siglo”, tenía por título el libro que Hans veía en la vitrina de aquella librería en la esquina del aeropuerto.
Hans Tenía un  largo vuelo por delante  y unas cuantas horas de  espera entre las  conexiones de los diversos aviones que debía tomar para llegar a su destino, a su país.
El título  del libro era atractivo, aunque no del todo convincente, se imaginó que sería uno de estos clásicos libros sobre viajeros sin rumbo, un clásico lugar común de la literatura de viajes.  Dejo de nuevo el libro sobre la estantería y fue a buscar una café antes de pasar a la sala de abordar.
endulzaba su café con un cubito de azúcar, le daba vueltas con la cuchara mientras el titulo del libro no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
¿Quién será el personaje? A donde viajara y por qué lo hará?
La imagen de la portada, esa maleta a cuadros abierta, llena de mapas y fotografías,  lo invitaban a hojear las páginas del libro y descubrir que había detrás de cada capítulo.
Tomo sus cosas de inmediato  y en cuanto se  dio media vuelta tropezó con un caballero  que se dirigía a la caja para pagar el periódico que llevaba en sus manos.
-¡ponga atención joven,  y ahora como me voy a quitar esta mancha!
Dijo el caballero mientras se restregaba la camisa con rabia.
-Disculpe, no sé dónde tengo la cabeza, ¿ quiere que le compre una camisa nueva? Tengo tiempo antes de tomar mi avión.
- Usted lo tiene, yo no, deje así y más bien fíjese antes de girar, no está solo en el mundo.
Estas últimas palabras retumbaron en  la mente de Hans por unos segundos, pero el accidente no despejo su mente, al contrario,  tras las disculpas ofrecidas se dirigió directamente a la librería, ese libro tenía que ser leído. 
¡Bienvenido a  casa! Fue lo primero que vio al bajar las escaleras que separaban la recogida de equipaje con  las puertas de salida del aeropuerto. Un enorme letrero  era sostenido por familiares y  amigos. Hans no sabía si morirse de la vergüenza o reírse a carcajadas. Opto por abrazarlos con cariño y no dejar de sonreír.
 Cuando por fin se fueron todos de casa Hans quedo a solas con su mejor amiga.
-No vengo para quedarme,  Teresa.
 -¿qué estás diciendo?  Te he conseguido este apartamento y el contrato esta hecho por un año, tal como me lo dijiste. 
Decía Teresa mientras apoyaba sobre la mesa el plato enjabonado que tenía en sus manos.
- esa era mi idea inicial, y aposté por ella, aunque no estaba del todo convencido, pero por alguna extraña razón me topé con algo que me hizo cambiar de opinión.
Dijo Hans mientras sacaba el libro de su mochila.
“El viajero del siglo” estaba ahí, sobre la mesa,  sus hojas estaban  subrayadas, cada frase parecía puesta  a propósito por el autor   para que Hans las leyera  y encontrara en ellas un itinerario para su vida.
Teresa no podía más que sentarse a escucharlo  e intentar apoyarlo en su decisión. Conocía a su amigo y sabía que de él cualquier cosa podía esperarse. Hans era diferente al resto de los demás, Hans era un corazón viajero, un nómada en busca de historias que contar, personas que descubrir y lugares que recorrer.
Hans tenía patria,  y estaba en ella ahora mismo, pero aunque allí están sus orígenes, sus raíces no pertenecían al mismo lugar, sus raíces parecían no tener suelo firme  para ser echadas, sembradas y cultivadas.
Hans decidió entonces seguir viajando y como el protagonista del libro seguir siendo lo que hasta ahora había sido, un viajero constante, un trotamundos, vivir su siglo viajando.



jueves, 1 de noviembre de 2012

dias de tormenta


Hay días de tormenta en los que el sentido de la vida parece desdibujarse…  el gris se apodera del alma y le impide ver con esperanza el futuro, el miedo apaga la motivación y la incertidumbre ataca las buenas ideas… la palabra confianza parece perder todo tipo de significado, esta extraviada en el panorama, no se encuentra ni en uno mismo ni en los demás, la soledad y el aislamiento parecen ser el denominador común de la existencia humana.
Los pensamientos y dudas atacan como lluvia incesante, gotas que golpean el corazón y perturban la mente, el alma esta tan turbia como el agua que inunda el entorno.
Parece no haber paraguas que pueda proteger  los buenos sentimientos que radican en la esencia de la persona hasta que aparece un buen samaritano que te presta su paraguas y te hace ver que la bondad es la clave ante el desespero que crean los fuertes vientos que azotan sin cesar.
La tormenta se ha creado en un vaso de agua, un vaso que no existe, por lo tanto tampoco existe  la tormenta imaginada. Y aun así, si esta existe y es una realidad, siempre cabe recordar que después de la tempestad, viene la calma. Porque todo pasa, la tormenta, también pasara.