Estaba totalmente
perdida, baje la ventana del carro y le pegunte a alguien que cruzaba la calle
como podía llegar a una dirección. Casualmente el también se dirigía hacia el
mismo lugar y algo el mí me impulso a invitarlo a subir y los dos nos ayudábamos,
el me ayudaba a encontrar el camino y yo lo acercaba a su destino. Le conté que estaba en la ciudad para tomar un
curso de literatura, me felicito por la decisión
y me dijo que su hija también había estudiado literatura. Conversamos como dos
conocidos hasta que llego el punto de seguir por separado nuestros caminos.
Jaime se bajó y me dijo: “gracias por confiar en mi”.
La misma situación
me sucedió en la tarde, esta vez era un grupo de tres personas discutía sobre cuál
era la mejor manera de llegar a donde quería ir. Irónicamente me dijeron que también
iban por los mismos lados, no pensaban que en realidad les iba a ofrecer un aventón.
Se montaron
los tres todavía sorprendidos y no paraban de preguntarme si no me daba miedo
de montar a tres desconocidos, que era muy arriesgada, les dije que mi Ángel de
la Guarda sabía decirme quienes eran buenas personas y que la bondad se veía en la mirada.
Les conté
sobre el proyecto en el que ahora estoy, Your Big Year, y los invite para que
nos tomáramos una foto después de explicarles sobre la competencia. Me dijeron que querían apoyarme y decirle a más
personas. Una de ellas trabaja en el ejército y me dijo que también a ellos podría
contarles la iniciativa para conseguir apoyo, nada más y nada menos que 30.000
soldados que podrían ayudarme a transmitir el mensaje.
Nunca me imaginé
ser taxista gratis, pero si tuviera la oportunidad de hacerlo lo haría sin
ninguna duda, es más, lo recomendaría como propósito, todo el mundo debería subir
a un extraño en su carro alguna vez en la vida.
Ayúdame que
yo te ayudaré.
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