La vida, digámonos
la verdad, es infame. Leí esto en una librería romana y, a lo mejor porque
sintonizaba con mis sentimientos internos no pude más que, tristemente,
aceptarlo como una verdad, la vida es infame. Pero al mismo tiempo un
acontecimiento vivido momentos antes contradice un poco la “infamitud” de la
vida.
Estaba leyendo
en el tren, y antes de bajarme un viejo se me acerca y me pregunta en italiano:
Eres ingeniera?
Me rio y le
respondo, jaja que lo hace pensar que soy ingeniera? Tengo cara de ingeniera?
Y me dice:
tienes una mirada inteligente.
Soy
periodista, le digo.
-para que periódico
escribes?
-todavía no
soy periodista, estudio para serlo.
Y me dice, déjame
decirte que tienes los dones.
Me quede
con este momento grabado, nos separamos después de cruzar rápidamente unas
palabras en medio de la confusión del tren que llegaba y partía, nos despedimos
como viejos amigos, me invito a un café un poco inseguro, como quien quiere
pero no sabe si debería, y yo seguí mi camino sin hacerle mucho caso…ahora me
arrepiento de ese café que pudo ser y no
fue, de esa historia detrás de un viejo que, cambia el día de una persona solo
por atreverse a expresar lo que piensa, lo que ve a través de una mirada.
Momentos así
ponen en duda la “infamitud” de la vida. Quien cree que la vida es infame corre
el riesgo de estar convirtiéndose en una persona infame*, he aquí la verdadera crisis.
* Muy malo y vil en su especie.
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