martes, 20 de noviembre de 2012

Un siglo de viaje



“El viajero del siglo”, tenía por título el libro que Hans veía en la vitrina de aquella librería en la esquina del aeropuerto.
Hans Tenía un  largo vuelo por delante  y unas cuantas horas de  espera entre las  conexiones de los diversos aviones que debía tomar para llegar a su destino, a su país.
El título  del libro era atractivo, aunque no del todo convincente, se imaginó que sería uno de estos clásicos libros sobre viajeros sin rumbo, un clásico lugar común de la literatura de viajes.  Dejo de nuevo el libro sobre la estantería y fue a buscar una café antes de pasar a la sala de abordar.
endulzaba su café con un cubito de azúcar, le daba vueltas con la cuchara mientras el titulo del libro no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
¿Quién será el personaje? A donde viajara y por qué lo hará?
La imagen de la portada, esa maleta a cuadros abierta, llena de mapas y fotografías,  lo invitaban a hojear las páginas del libro y descubrir que había detrás de cada capítulo.
Tomo sus cosas de inmediato  y en cuanto se  dio media vuelta tropezó con un caballero  que se dirigía a la caja para pagar el periódico que llevaba en sus manos.
-¡ponga atención joven,  y ahora como me voy a quitar esta mancha!
Dijo el caballero mientras se restregaba la camisa con rabia.
-Disculpe, no sé dónde tengo la cabeza, ¿ quiere que le compre una camisa nueva? Tengo tiempo antes de tomar mi avión.
- Usted lo tiene, yo no, deje así y más bien fíjese antes de girar, no está solo en el mundo.
Estas últimas palabras retumbaron en  la mente de Hans por unos segundos, pero el accidente no despejo su mente, al contrario,  tras las disculpas ofrecidas se dirigió directamente a la librería, ese libro tenía que ser leído. 
¡Bienvenido a  casa! Fue lo primero que vio al bajar las escaleras que separaban la recogida de equipaje con  las puertas de salida del aeropuerto. Un enorme letrero  era sostenido por familiares y  amigos. Hans no sabía si morirse de la vergüenza o reírse a carcajadas. Opto por abrazarlos con cariño y no dejar de sonreír.
 Cuando por fin se fueron todos de casa Hans quedo a solas con su mejor amiga.
-No vengo para quedarme,  Teresa.
 -¿qué estás diciendo?  Te he conseguido este apartamento y el contrato esta hecho por un año, tal como me lo dijiste. 
Decía Teresa mientras apoyaba sobre la mesa el plato enjabonado que tenía en sus manos.
- esa era mi idea inicial, y aposté por ella, aunque no estaba del todo convencido, pero por alguna extraña razón me topé con algo que me hizo cambiar de opinión.
Dijo Hans mientras sacaba el libro de su mochila.
“El viajero del siglo” estaba ahí, sobre la mesa,  sus hojas estaban  subrayadas, cada frase parecía puesta  a propósito por el autor   para que Hans las leyera  y encontrara en ellas un itinerario para su vida.
Teresa no podía más que sentarse a escucharlo  e intentar apoyarlo en su decisión. Conocía a su amigo y sabía que de él cualquier cosa podía esperarse. Hans era diferente al resto de los demás, Hans era un corazón viajero, un nómada en busca de historias que contar, personas que descubrir y lugares que recorrer.
Hans tenía patria,  y estaba en ella ahora mismo, pero aunque allí están sus orígenes, sus raíces no pertenecían al mismo lugar, sus raíces parecían no tener suelo firme  para ser echadas, sembradas y cultivadas.
Hans decidió entonces seguir viajando y como el protagonista del libro seguir siendo lo que hasta ahora había sido, un viajero constante, un trotamundos, vivir su siglo viajando.



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