“El viajero del siglo”, tenía por título
el libro que Hans veía en la vitrina de aquella librería en la esquina del
aeropuerto.
Hans Tenía un largo vuelo por delante y unas cuantas
horas de espera entre las conexiones de los diversos aviones que
debía tomar para llegar a su destino, a su país.
El título del libro era atractivo, aunque no del todo
convincente, se imaginó que sería uno de estos clásicos libros sobre viajeros
sin rumbo, un clásico lugar común de la literatura de viajes. Dejo de nuevo el libro sobre la estantería y
fue a buscar una café antes de pasar a la sala de abordar.
endulzaba su café con un cubito de azúcar,
le daba vueltas con la cuchara mientras el titulo del libro no dejaba de darle
vueltas en la cabeza.
¿Quién será el personaje? A donde viajara
y por qué lo hará?
La imagen de la portada, esa maleta a
cuadros abierta, llena de mapas y fotografías, lo invitaban a hojear las páginas del libro y
descubrir que había detrás de cada capítulo.
Tomo sus cosas de inmediato y en
cuanto se dio media vuelta tropezó con un caballero que se dirigía
a la caja para pagar el periódico que llevaba en sus manos.
-¡ponga atención joven, y ahora como
me voy a quitar esta mancha!
Dijo el caballero mientras se restregaba
la camisa con rabia.
-Disculpe, no sé dónde tengo la cabeza, ¿
quiere que le compre una camisa nueva? Tengo tiempo antes de tomar mi avión.
- Usted lo tiene, yo no, deje así y más
bien fíjese antes de girar, no está solo en el mundo.
Estas últimas palabras retumbaron en la mente de Hans por unos segundos, pero el accidente
no despejo su mente, al contrario, tras las disculpas ofrecidas se dirigió
directamente a la librería, ese libro tenía que ser leído.
¡Bienvenido a casa! Fue lo primero
que vio al bajar las escaleras que separaban la recogida de equipaje con las puertas de salida del aeropuerto. Un
enorme letrero era sostenido por familiares y amigos. Hans no sabía
si morirse de la vergüenza o reírse a carcajadas. Opto por abrazarlos con
cariño y no dejar de sonreír.
Cuando por fin se fueron todos de
casa Hans quedo a solas con su mejor amiga.
-No vengo para quedarme, Teresa.
-¿qué
estás diciendo? Te he conseguido este apartamento y el contrato esta
hecho por un año, tal como me lo dijiste.
Decía Teresa mientras apoyaba sobre la
mesa el plato enjabonado que tenía en sus manos.
- esa era mi idea inicial, y aposté por
ella, aunque no estaba del todo convencido, pero por alguna extraña razón me topé
con algo que me hizo cambiar de opinión.
Dijo Hans mientras sacaba el libro de su
mochila.
“El viajero del siglo” estaba ahí, sobre
la mesa, sus hojas estaban subrayadas, cada frase parecía puesta
a propósito por el autor para que Hans las leyera y
encontrara en ellas un itinerario para su vida.
Teresa no podía más que sentarse a
escucharlo e intentar apoyarlo en su decisión. Conocía a su amigo y sabía
que de él cualquier cosa podía esperarse. Hans era diferente al resto de los
demás, Hans era un corazón viajero, un nómada en busca de historias que contar,
personas que descubrir y lugares que recorrer.
Hans tenía patria, y estaba en ella
ahora mismo, pero aunque allí están sus orígenes, sus raíces no pertenecían al
mismo lugar, sus raíces parecían no tener suelo firme para ser echadas,
sembradas y cultivadas.
Hans decidió entonces seguir viajando y
como el protagonista del libro seguir siendo lo que hasta ahora había sido, un
viajero constante, un trotamundos, vivir su siglo viajando.
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