Hay días de
tormenta en los que el sentido de la vida parece desdibujarse… el gris se apodera del alma y le impide ver
con esperanza el futuro, el miedo apaga la motivación y la incertidumbre ataca
las buenas ideas… la palabra confianza parece perder todo tipo de significado,
esta extraviada en el panorama, no se encuentra ni en uno mismo ni en los demás,
la soledad y el aislamiento parecen ser el denominador común de la existencia
humana.
Los
pensamientos y dudas atacan como lluvia incesante, gotas que golpean el corazón
y perturban la mente, el alma esta tan turbia como el agua que inunda el
entorno.
Parece no
haber paraguas que pueda proteger los
buenos sentimientos que radican en la esencia de la persona hasta que aparece
un buen samaritano que te presta su paraguas y te hace ver que la bondad es la
clave ante el desespero que crean los fuertes vientos que azotan sin cesar.
La tormenta
se ha creado en un vaso de agua, un vaso que no existe, por lo tanto tampoco
existe la tormenta imaginada. Y aun así,
si esta existe y es una realidad, siempre cabe recordar que después de la
tempestad, viene la calma. Porque todo pasa, la tormenta, también pasara.
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